¡ Lo sabemos porque estuvimos ahí !
El formato, odiado en otros países, fue un gran éxito en México.

La guerra de los formatos de video comenzó a finales de los años setenta. Sony salió primero al mercado con su formato Betamax mientras que JVC tardó algunos meses en presentar el propio, mejor conocido como VHS.
Las diferencias básicas eran dos: mientras el Betamax tenía una mejor calidad, lo que el VHS ofrecía era mayor tiempo de grabación. Al parecer esa fue una de las cuestiones que a final de cuentas prevalecieron; la gente optó por duración frente a calidad y a pesar de los esfuerzos de Sony para desarrollar los cassettes de mayor duración (sacrificando calidad) esto los llevó a perder la guerra de los formatos. Para 1988 la firma comenzó a fabricar sus propias reproductoras de formato VHS.
En Europa y en Estados Unidos el mercado “arrancó” de manera pareja, sin embargo el formato Betamax fue perdiendo, poco a poco, hasta transformarse en una parte muy marginal, eso explica el cambio de la política de Sony, sin embargo en nuestro país, las cosas fueron muy distintas.
En aquellas épocas arcaicas el libre comercio solo era parte de las mentes más calenturientas y enfermas; para hacerse de una videograbadora (éste fue siempre el término aceptado) uno dependía de tres opciones:
1.- Comprar lo disponible en el mercado local que normalmente eran equipos caros obsoletos y mal-hechos en el país.
Las primeras que salieron al mercado fueron en formato Betamax por lo que éste no tardó en transformarse en el más popular y aunque en otros países la cosa fue muy distinta, en éste México surrealista el “Beta”, como le decíamos, se transformó en el formato dominante.
2.- Lanzarse a la “fayuca” (gente que traía cosas por encargo y de contrabando de E.U.) con los consabidos riesgos. Por obvias razones estos “honrados comerciantes” se concentraron en formato Betamax
3.- Ir a Estados Unidos y traerla uno mismo.
La tercera opción era la más cara y difícil, no cualquiera tenía las posibilidades de ir hasta Estados Unidos y siempre existía la posibilidad de que fuera “requisada” por un honesto funcionario de aduanas. Además existía el factor humano que parecía intervenir de manera fatalista: cuando mi padre se lanzó a Estados Unidos en uno de esos viajes “fayuqueros” mis hermanos y yo le solicitamos la consabida maquinita; cuando regresó y la sacó del automóvil descubrimos con horror que la flamante videocasetera ¡Era VHS!
“¡Cómo pudiste hacernos eso!” Le preguntábamos, a lo que el contestaba: “El vendedor me dijo que el formato VHS es mucho mejor, tiene mayor duración y es de mejor calidad”. Toda la razón del mundo en un mercado abierto como el estadounidense, pero un craso error en el incipiente videomundo mexicano.
En ese entonces el formato VHS era prácticamente desconocido en México y todas las películas que circulaban (el concepto video-club aún estaba muy lejano en el tiempo) estaban en Betamax; en el México de principios de los ochenta ese parecía ser el único por lo que una video VHS representaba estar condenado a ver unas pocas películas y las mismas grabaciones de la tele.
Durante varios años la Betamax reinó en México, en ese entonces la piratería era la única forma de ver películas, las copias circulaban en un sistema mano-a-mano que en la actualidad daría horror a las productoras.
Finalmente Beta murió en los países más civilizados y arrastró al extraño mercado mexicano. Los usuarios se vieron obligados a cambiar de formato (el primero de muchos) para poder seguir dentro de las especificaciones.
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