Cuando la música se almacenaba en cintas magnéticas y se podía copiar sin cometer un delito.

Al día de hoy no hay nada más común y estandarizado que un iPod; parece que todo mundo tiene uno. Pobres de aquellas criaturas que no gozan de esta dicha: son como escarabajos que viven debajo de una piedra; sabandijas que gracias a su atraso no merecen mejor destino.

Sin embargo para comprender el fenómeno iPod es necesario comprender un fenómeno similar que se dio hace casi treinta años, que se transformó en un icono de los ochentas y que es el antepasado directo de los pequeños aparatitos blancos que muchos ven, hoy en día, como la única posibilidad musical.

Eran tiempos oscuros; la música se almacenaba en unos receptáculos incómodos, de muy baja calidad de reproducción además de contar con poca capacidad de almacenamiento y una amplísima posibilidad de descomponerse sin olvidar que además de todo eran feos: se llamaban cassettes.

Esos incómodos y horribles trastos era la única forma de hacer medianamente portatil la música; uno podía grabar en ellos sus discos favoritos (en ese entonces los piratas usaban parches en el ojo, pericos en el hombro y vivían en Disneylandia) para escucharlos en el coche, en casa de un amigo; uno de los usos más recurridos para los cassetes era el de llenarlos de música cursi para regalárselos a la prospecto en turno y así aflojarle el corazón; una especie de “dígalo con música” que en ésta era sería un crimen informático.

La historia del Walkman es curiosa: todo empezó cuando un ejecutivo de Sony le pidió a los de desarrollo que le “hicieran” un reproductor de cassettes que fuese estereofónico y ligero para poderlo escuchar durante sus largos viajes en avión. El capricho fue cumplido y pronto se dieron cuenta que el aparato tenía potencial.

Estaba basado en un modelo de reproductor portátil de cassette (el concepto no era nuevo) diseñado para reporteros, el “Pressman”, sin embargo se le hicieron dos adaptaciones que quizá fueron la clave de su éxito: le fueron retiradas las capacidades de grabar (para eliminar espacio y peso) y los audífonos, que en ese entonces eran más grandes que el mismo aparato, fueron reducidos de manera drástica.

Aunque en un principio se le vio con cierto escepticismo, Sony incluso pensó en cambiar el nombre de “Walkman” por otro más “acorde”, el pequeño aparatito se transformó en un éxito. En Japón se agotó la primera producción, unas 30 mil unidades, en tan solo un mes. Luego de 10 años las ventas alcanzaron los 50 millones de piezas y hasta la fecha la marca perdura reencarnada en reproductores de música algunos de ellos integrados a teléfonos celulares.

Es justo decir que en ese entonces por el simple hecho de traer un Walkman uno se transformaba en miembro de una casta superior. No estaban a la venta en México y para conseguirlo había que encargarla al “otro lado” o (los más afortunados) ir personalmente por ellos para meterlos de contrabando al país.

Visto en retrospectiva la utilización de un Walkman era bastante latosa: los cassettes duraban apenas una hora y por supuesto que no tenían la posibilidad de variar el orden de las canciones por lo que era necesario llevar varios de ellos, el primer modelo de Walkman incluía una pequeña bolsa para el cinturón con la capacidad de llevar tres cassettes, es decir, uno tenía la posibilidad de cuatro horas de música. Otro de sus problemas era la duración de las pilas; hay que recordar que la base del funcionamiento de esos precámbricos aparatos era un motor que hacía girar la cinta.

También existía el peligro de una verdadera tragedia ya que una de las fallas latentes era que estuviera “flojo” y la cinta se saliera, se enredara para formar una kilométrica maraña y se rompiera dándole en la torre al “romántico” cassette que nos había regalado la Marifer.

Por otra parte tenía algunas ventajas: una de las características que SI tenían aquellos primitivos Walkman era que se podían conectar DOS juegos de audífonos, cosa que no ocurre con muchos de los reproductores actuales; uno podía escuchar los cassetes cursis con la Marifer, o llorarlos con algún amigo, al unísono. El Walkman también tenía otro curioso elemento: si se fijan en la foto van a ver un botón naranja en la parte superior. Su función era la de activar un micrófono y de manera simultánea bajar el volumen de la música, de esa manera uno podía interactuar con el mundo real sin necesidad de quitarse los audífonos o bajarle al volumen.

Mi padre las llamaba “las burreras” ya que eran la forma ideal de evadir el “convivio” familiar o eludir las molestas preguntas por parte de los padres (hay que recordar que mis primeros Walkman los utilicé en plena pubertad) y más de una vez me fueron castigados ya sea por utilizarlos de pretexto para “no oir” o por calificaciones.

Cuando veo a los jóvenes caminando con su par de “burreras” puestas recuerdo cuando a mi también me gustaba aislarme del mundo para concentrarme en mi música; fueron miles de kilómetros los que recorrí de manera más placentera e introspectiva gracias a mi Walkman. Era impresionante escuchar la música de Pink Floyd en ellos. Es difícil de dejar de sentir una especie de orgullo de pionero, de sentir que a pesar de las distancias temporales, nosotros también usamos y gozamos la tecnología que teníamos a disposición.