¡ Lo sabemos porque estuvimos ahí !
Pac-Man
Manco/Midway
1980
El juego nació junto con la década de los ochenta en Japón, (¿Existe otro lugar?), pero solo se transformó en un fenómeno cuando llegó al mercado estadounidense.
En un mundo donde los Space Invaders y los Asteroids dominaban los arcades, Pac-Man fue recibido como una fresca y novedosa opción alejada de la paranoia espacial que reinaba en los juegos electrónicos de la época.
La pequeña figurita amarilla que parecía mascar los puntos, frutas y fantasmas a lo largo de no muy complicados laberintos pronto se transformó en el ícono por excelencia de los videojuegos al grado que hasta se hicieron caricaturas (bastante malas) del comedor compulsivo electrónico.

En Japón se llamaba pakku-man, el pakku significa la acción de abrir y cerrar la boca de manera exagerada, y estuvo a punto de llamarse (en Estados Unidos) Puc-Man sin embargo algún visionario detuvo esta denominación; tenía miedo de que los malvados adolescentes cambiaran la “P” por una “F” con la subsecuente vulgarización del término.
El objetivo del juego, para que la generación Wii entienda lo que estamos diciendo, era muy simple, pero a la vez compleja: había que “comerse” todos lo puntos a lo largo del laberinto y a la vez evitar a los cuatro fantasmas que lo recorrían. Existían cuatro píldoras especiales cuyo efecto era el de atarugar a los fantasmas (se ponían azules) para que Pac-Man pudiese comérselos. Al hacerlo de estos solo quedaban los ojos que huían a una caja en el centro donde reencarnaban. De la misma manera aparecían eventualmente una serie de frutas las cuales abonaban puntos.
Sencillo pero bastante adictivo, al grado que el juego se ha transformado en un ícono ochentero que generó todo tipo de secuelas, desde una muy femenina como el Mrs Pac-Man, cuya única diferencia era la de tener moño y recorrer laberintos diferentes hasta las múltiples versiones y clones para las consolas de esas épocas oscuras.
Tan solo en Estados Unidos se vendieron 350 mil unidades de la versión de arcade y fueron muchos los que perdieron (¿perdimos?) infinidad de horas y monedas al frente de la maquinita. Por supuesto que como todas las cosas nunca han faltados los obsesivos como el tipo que logró en 1999 recorrer todas las pantallas de Pac-Man (256) desperdiciando seis horas de su vida.
Hay que resaltar que por un error de la tecnología de esa época (y por que los creadores jamás imaginaron que un adicto fuera a lograrlo) al llegar a la pantalla número 256 ésta presenta un fallo en el que la mitad del laberinto desaparece para mostrar un revoltijo de letras y números que, dicen los expertos, es imposible de superar.
Para jugarlo en la actualidad tan solo hay que buscar en internet alguna versión flash en línea y así comprobar que, como me lo dijo mi hijo de siete años (perteneciente a la generación GameCube), los juegos que “idolatrábamos” eran bastante aburridos.
Leave a reply