Los años de 1981 a 1988 son conocidos como la era Reagan
Son épocas de elecciones en Estados Unidos y dada la condición imperial de nuestro vecino del norte, el avance de los pre-candidatos a la presidencia de ese país se sigue de manera puntual. Una de las notas que han llamado la atención es que los republicanos, con lágrimas en los ojos, miran hacia atrás y con rechinar de dientes dicen: “necesitamos otro Ronald Reagan”.

En ochentas.com.mx vamos a acordarnos un poco de esa era “dorada” cuando un actor de cine llamado Ronald Reagan fue presidente por ocho años de la nación más poderosa del mundo.
Al igual que en estos tiempos los diarios y noticias estaban clavados en lo que iba a suceder en las elecciones. La verdad es que los demócratas luego del señor cacahuate -Mr Jimmy Carter- que había regado el tepache feamente con el asunto de los rehenes en Irán, no tenían nada que hacer.
Un diario sensacionalista al día siguiente de las elecciones decía (no lo estoy inventando) “Fue mal actor, como presidente será malísimo”; como si una cosa implicara la otra; el caso es que a nadie le impactó demasiado la noticia de que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca.
Uno de los grandes méritos de éste presidente fue el de recuperar sicológicamnete a un país que estaba sumido en una depresión de muchos niveles; desde económica hasta emotiva. Los “Ochentas de Reagan” como ahora se le conoce a esa época fue una muy interesante en cuanto a política: desde la Casa Blanca comenzó una campaña “anticomunista” que fue prácticamente su sello personal.
Tachó a la Unión Soviética de “Imperio del Mal“, fue a Alemania a exigirle a Gorbachov que derribara el funesto Muro de Berlín. Una vez, cuando pensaba que los micrófonos donde iba a dar un discurso estaban apagados, se aventó la puntada de decir que “le había declarado la guerra total al comunismo que había dado órdenes de bombardear Moscú“. Todo un escándalo.
Dentro de su país bajó impuestos, promovió inversiones aunque fue muy criticado por recortar programas sociales; en el exterior cometió muchas barbaridades como la de apoyar el régimen de Saddam Hussein así como a varios gorilas centroamericanos; le hizo la vida imposible a los sandinistas (apoyando a los “contras”) e invadió Grenada, una islita de pacotilla, pero con régimen comunista; otra de sus “gracias” fue la de apoyar a la Gran Bretaña en la estúpida guerra de las Malvinas en contra de Argentina.
Recuerdo a un amigo que vivía aterrado por que Ronald Reagan había sido el hombre más viejo en llegar a la presidencia de Estados Unidos, a los 69 años, y le daba pavor por que alguien de esa edad podía “olvidarse” de cosas importantes como la de no apretar el botón de las bombas que apuntaban a los rusos; los males de la “gerontocracia” los llamaba. Luego supimos con estupor que el mandatario padecía de la enfermedad de Alzheimer y que, durante su presidencia, ya estaba sufriendo de sus efectos.
Podría decirse que Ronald Reagan fue la encarnación de todo lo que George W. Bush quiso, pero no pudo ser: un presidente fuerte y querido de un país fuerte, orgullosos y con una absoluta seguridad moral de su papel en el mundo.
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