Eran los alrededores del año 1982 (no estoy seguro de la fecha exacta) cuando una moda se impuso con una fuerza increíble; cuando nos dimos cuenta todos andábamos por ahí, como si de placas de circulación se tratara, con nuestras iniciales en el cinturón: los cinturones de plata.

Hebilla Ortega con Iniciales

Esta entrada en particular me costó bastante trabajo completarla. Parece como si una moda que fue muy difundida hubiese desaparecido de la faz de la tierra al grado que nadie se acordaba siquiera del verdadero nombre de los cinturones.

Buscar en Internet “cinturones de plata” o “cinturones con iniciales” es una labor de negros ya que sale todo menos lo que uno necesita. ¿Cómo se llamaban los cintos con iniciales al frente cuyas hebillas eran de plata (para los más afortunados) y de alpaca para los ciudadanos de “a pié”?

Ese fue el primer reto.

Recordaba un artículo de Guadalupe Loaeza (del libro “Las niñas bien”) en el que hacía una referencia a los famosos cinturones. Era un apellido; no muy raro, no muy común. Luego de investigarle un poco y de hacer memoria me acordé de la palabra que se me escapaba: Ortega, hebillas de la Joyería Ortega.

A pesar de tener el nombre puedo decir, sin temor a equivocarme, que en Internet no hay una sola foto de un cinturón de plata Ortega (soy el primero) por lo que me di a la tarea de buscar uno para fotografiarlo personalmente; “había muchos, ALGUIEN debía conservarlo” pensé.

Craso error. Nadie absolutamente nadie a quién pregunté guardaba el suyo (me da pena confesar que el mio lo di de baja hace ya un tiempo) por lo que conseguir uno para tomarle una foto fue labor imposible.

El paso siguiente fue acudir a la Joyería Ortega, decadente negocio ubicado en la Zona Rosa (hay que decir que los dueños del local están “tan” interesados en su negocio que ni siquiera tienen una página electrónica), para preguntar por los dichosos cinturones. Otro error.

Cuando me apersoné en el local de las calles de Florencia me atendió una señora que parecía que la torturaban para estar ahí. De muy mal humor me dijo que no tenían catálogos, ni fotos ni existencias de los dichosos cinturones.

-¿Que ocurre si quiero uno?- Pregunté; a lo que la señora me dijo que ellos me lo hacían pero que no había forma de verlo antes de su fabricación; había que saltar al vacío y comprar algo que ni siquiera estábamos seguros de que nos fuera a gustar.

La traté de entrevistar sobre las historia de dichos cinturones y lo único que obtuve de respuesta fueron monosílabos; cuando le inquirí que sabía sobre el boom de los famosos cinturones en los ochentas se me quedó viendo con cara de “que flojera estar aquí” y me dijo que estaban de moda desde los cuarentas.

De repente se acordó que por ahí tenía un cinturón con iniciales y me enseñó una cosa espantosa que ni siquiera era el tradicional Ortega. Cuando le recriminé sobre la posibilidad de comprar algo a ciegas y luego resultara una porquería se me quedo viendo con cara de “me vale”.

Si así tratan a los turistas, no creo que dure mucho el changarro ese. El caso es que finalmente me hice de uno, el que ven en las fotos (Gracias a RN).

Hebilla Ortega desabrochada

Los cinturones prácticamente salieron de la nada; como dije antes los genuinos eran de plata pero la mayoría de los que comenzaron a circular eran hechos en otras joyerías y casi todos estaban confeccionados en alpaca.

Al frente llevaban las iniciales del usuario (la tipografía variaba según la calidad y el fabricante) y el cinturón en sí era de cuero con tres o cuatro eslabones. Aunque el color de los originales era café claro, en los tianguis era posible conseguir repuestos de colores para así poderlos usar con la misma hebilla y hacer diferente combinaciones. El cinturón se colocaba en la hebilla con los ganchitos que se pueden ver arriba de esta fotografía.

Hebilla Ortega, vista trasera

El furor fue tal que muchos hicieron lo imposible de hacerse del propio; un amigo le robó a su mamá una serie de cubiertos y cosas de plata para poder hacerse el suyo. Era chistoso como todo el mundo andaba por la vida como si trajera placas de circulación.

Al igual que muchas otras cosas esta moda comenzó un lento declive al grado que al día de hoy es prácticamente imposible encontrar uno.