En 1982 ni en nuestros más salvajes sueños nos hubiésemos imaginado que la película Pink Floyd, The Wall podría ser exhibida en México; habían muchos tabúes en contra de la música Rock. Cuando anunciaron que iba a estar en una única sala, un único día, fue la locura.

La verdad es que no recordaba la fecha con precisión pero ahora que veo la página de la Cineteca Nacional se que fue en noviembre de 1982. Por alguna razón las autoridades seguían pensando que los grupos de rock (del verdadero, no del timbirichesco) eran una especie de mala influencia por lo que todo que tuviera que ver con el estilo musical estaba prohibido.

No había conciertos, estos vendrían a “abrirse” hasta finales de la década y la histeria se transmitía hasta las películas. Es por eso que Pink Floyd, The Wall, dirigida por Alan Parker no llegó a México más que a las (supuestamente) exclusivas pantallas de la Muestra Internacional de Cine.

Another brick in the wall II (desde las pantallas de MTV)

Aquel año la muestra se llevó a cabo en varios cines y para la susodicha película se eligió el cine Pecime (sigo sin entender el nombresito) ubicado en Avenida Universidad justo donde empieza la calle-eje vial Gabriel Mancera y que hoy, abandonada y en ruinas, es un símbolo de decadencia.

El evento fue marcado por ese caos y desorden que tenían los eventos juveniles de la época: una pelotera de gente  a la entrada del cine; boletos agotados, amenazas de “portazo” y una bola de “rockers” (la mayoría vestidos de negro y con las melenas largas) en las afueras aplicando ese comportamiento que se usaba de pretexto para vetar espectáculos juveniles.

Las autoridades brillaban por su ausencia y, créanmelo, no era lugar para “fresas”, sin embargo ahí nos fuimos a meter varios amigos y su servidor.

Yo era fanático de Pink Floyd por que escuché Another Brick in the Wall en la radio (su canción más comercial de todos los tiempos); me gustó tanto que fui y me compré el álbum completo.

Fue una epifanía.

The Wall se me hizo lo mejor que jamás había escuchado en mi vida; las rimas de Roger Waters; su melancolía y rabia hicieron mella en el adolescente que era yo en esa época. Me volvía loco a la letra de Comfortably numb, Run like hell y Young lust; me entraban sensaciones pre-émicas con Mother, The thin ice así como Hey you. Me ponía mis walkmans y le daba vueltas y vueltas a un cassette con el álbum grabado.

Aunque la música es la canción Comfortably Numb, este video tiene escenas de toda la película

Luego el novio de mi prima, que tenía una increíble colección de LP’s de rock, me prestó Atom hearth mother, Wish you where here (que a mi juicio y gusto contiene una de las canciones más bellas del idioma inglés) así como el icónico The dark side of the moon.

Desde esos entonces Pink Floyd es parte de mi muy personal trinidad sagrada en mis gustos musicales.

Cuando llegó la película de Alan Parker (que protagonizaba Bob Geldof, organizador de Live-Aid) a la Muestra Internacional de Cine yo me sentía con derechos adquiridos para entrar a la película y, no me acuerdo bien como le hice, lo logré.

Hey you

No era sitio para fresitas, yo que era una extraña mezcla de fresa fanático de Floyd y, a pesar de que me robaron un botón con las manos mecánicas del disco Wish you where here que compré en una tienda especializada en Rock, logré meterme a la sala junto con mis cuates.

Adentro el olor a petate era de dimensiones épicas, algunos vándalos ya habían grafiteado las paredes de la sala y todos fumaban (de salva y de moleverde) con absoluta impunidad. Los administradores del cine habían abandonado cualquier intención de poner orden.

La película supero mis expectativas; era la recreación perfecta de un disco que yo idolatraba; una especie de transformación visual de lo mucho que yo había imaginado a la hora de las interminables sesiones del disco.

Esperando a los gusanos…

Luego de ver la película me sentí un poco más dueño de Pink Floyd; los que habíamos ido a verla y conseguimos entrar nos transformamos en una especie de gurús; habíamos podido ver la cinta prohibida.

Más adelante a un primo le ofrecieron una versión en videocasste (beta) de la película por lo que varios nos “apoquinamos” para comprarla. Ese día nos juntamos para ver la ansiada película en la comodidad del hogar sin embargo todo fue un chasco; la película estaba mal grabada y no se veía nada. Tuvimos un buen pleito con la chava esa, que no nos quería devolver la lana, y según recuerdo nunca lo hizo.

Creo que con el tiempo la película pudo estrenarse de manera normal y sin las euforias y peloteras de aquel día de noviembre de 1982. Más tarde la empezaron a pasar en cable y, no se si ya había madurado un poco, se me hizo buena pero no como para idolatrarla.

Fueron muchas las razones por las que Pink Floy the Wall se me hizo La Revelación auténtica, visto en retrospectiva era tan solo una locura de adolescente, pero vaya que lo disfruté.