Para mi el evento pasó desapercibido, siempre he pensado que las monarquías y las privilegiadas noblezas europeas no son más que zánganos y rémoras, pero fue un evento que a nivel internacional llenó los espacios y fue seguido en la televisión por la friolera de 750 millones de personas: el matrimonio de Carlos, príncipe de Gales y Diana Spencer.

Somos criaturas que evolucionaron desde monos que vivían en sociedades estratificadas. La democracia es un invento relativamente moderno por lo que la mayoría de la humanidad ha vivido históricamente bajo el dominio de un líder absoluto: jefe, rey, emperador, dictador, etcétera. Tal vez sea por eso que nos guste tanto saber de los seres “superiores” a nosotros ya sean estos “celebridades”, deportistas o chicas nobles que se casan con herederos reales.
Tal vez otra faceta del atractivo de aquella (y todas) las bodas reales es la pequeña Cenicienta que toda mujer lleva adentro: Grace Kelly, Letizia Ortiz o Diana Spencer representan a esa chica casi normal que por azares del destino accede a la gloria de la nobleza y la pleitesía de súbditos arrebatados por su encanto. El eterno deseo infantil (bien comercializado por algunas trasnacionales) de transformarse en la princesa y conocer al Príncipe Azul.

El caso es que el tema del matrimonio real ocupó mucho espacio en diarios y medios de comunicación. Fue transmitido a todo el mundo, como si de olimpiadas se tratara, y todos pudimos ver el boato y el lujo exagerado de la nobleza británica.
La relación entre ambos no fue muy larga, menos de un año de duración que terminó cuando Carlos le ofreció matrimonio. Dicen los cronistas que ella dijo que sí de inmediato. ¿Qué mujer en sus cabales le diría que no al heredero de una casa real, aunque este tenga cara de papa, que le pide matrimonio con un anillo con 14 diamantes y un zafiro con valor de unas 30 mil libras esterlinas?

Al matrimonio fue invitada la nobleza y las casas reales del mundo, pura gente bien. A ellos se agregaron la mayoría de los jefes de estado (aunque de puro naco que no se sabía comportar frente a la reina se tratara). Se dieron casos como el del presidente de Grecia que no fue por que invitaron al depuesto rey de los helenos Constantino II, un individuo al que sacaron a patadas de su país cuando los griegos proclamaron su tercera república: muestra que para los Windsor era más importante tener “gente como uno” en la boda que esos raspas democráticos fugados del huacal.
Otro que hizo berrinche fue el rey de España, Juan Carlos I, que no fue a la boda por que la pareja de recién casados pasaría por Gibraltar en su luna de miel y la piedrota aún es motivo de pleito entre ingleses y españoles.

Para el bodorrio aventaron la casa por la ventana; aunque no tengo los datos precisos, pero un ejemplo fue el vestido de Diana que costó nueve mil libras esterlinas, al tipo de cambio actual representa algo así como 180 mil devaluados pesos de ahora; tenía una cola que estando en el altar de la Catedral de San Pablo éste llegaba a la puerta.

Ahora me entero que para escoger a Diana el tal Carlos se la pensó mucho. Tenía un tío, el hermano de su padre, al que llamaba Uncle Dickie y que llevaba el rimbombante nombre de Louis Francis Albert Victor Nicholas Mountbatten, Primer Conde Mountbatten de Burma, quien lo aconsejó sobre la que debería ser su esposa:
(Me imagino al pequeño Carlitos sentado en las rodillas de su tío Dickie escuchando las sabias palabras)
“En un caso como el tuyo (Carlitos), el hombre deberá de dar rienda suelta a sus deseos y tener la mayor cantidad posible de amoríos antes de sentar cabeza. Para esposa deberás escoger a una chica adecuada, atractiva y de carácter dulce antes de que ella haya conocido a cualquiera del que se pueda enamorar… Es perturbador para las mujeres haber tenido experiencias previas si tienen que permanecer en un pedestal después del matrimonio”.

Éste era el tío Dickie
Con estas sabias palabras en mente Carlos salió a “recabar experiencia” para finalmente tomar la decisión de casarse con Diana (y luego hubo quien se extrañara por que la cosa “no funcionó”). Por supuesto que la señorita Spencer cumplió la norma del tío Dickie: una joven de familia noble, algo inocente y de no muchas luces; tenía la ventaja extra de cubrir con las condiciones para poder casarse con un heredero real: era parte de la aristocracia, era una virgen y no era católica (para los británicos este es un verdadero pecado).
Finalmente el 29 de julio de 1981 se casaron ante más de tres mil invitados (todos iban bañaditos) y más de 750 millones de televidentes. Pudimos ver hartos soldados vestidos de rojo con sus sombrerotes así como una fila interminable de carrozas de caballos que parecían churriguerescos pasteles de merengue. La reina no quitó su cara de papa en toda la ceremonia y el peladaje en las calles de Londres se veía feliz.
Les dejo el capítulo 15 (de 26) de la boda completa que alguien colgó en YouTube
Esa noche en sus virginales camas, millones de jovencitas desde Canadá hasta Australia y desde Noruega hasta Argentina, pudieron soñar que ellas también encontraban a su príncipe Azul.
como habra tenido repescusion esta boda en mi familia que con tal de verla mis papas compraron su primera tele de colores como ven????
saludos
Una dudota: De qué religión fue esta boda?
Anglicana, de hecho el nombre oficial es Iglesia de Inglaterra, la religión oficial de Inglaterra (que no de la Gran Bretaña).
El que ofició la boda fue el arzobispo de Canterbury, el religioso considerado la máxima autoridad (después de la reina) en esa rama del cristianismo.
-je-, yo sí la vi, y lady di siempre me pareció una figura emblemática, aún después de su muerte… qué difícil para ella debe haber sido vivir un rol tan desfasado en la actualidad, sólo creíble para las pequeñas espectadoras de las películas de disney… pero -creo- ella supo llevar con algo de dignidad su papel de aristogato paparazzeado hasta la naúsea
mmmm… bueno hasta canción le hizo gloria trevi….haiga cosa…….
saludos
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