Creo que es una de las modas automotrices que más se difundieron en los ochentas: un monigote con la forma del gato Garfield pegado a la ventana con unos chupones. Ridículo y feo hasta decir basta pero muy popular.

Decía yo en la entrada sobre los letreros de Bebe a Bordo que de repente entran unas modas automotrices que se esparcen como la lumbre. En estos tiempos podemos poner como ejemplo las calcomanías con figuritas de toda la familia (el papá, La mamá -que aunque ésta pese 120 kilos y parezca rotoplas siempre es representada como una sílfide- los hijos y hasta el perro), otra moda son las cursis y kitsch calcomanías con la virgen de Guadalupe que dicen “virgencita cuídamelo plis” (no puedo imaginar cosa más ramplona, cursi y mamila que la de pensar que la deidad es una especie de cuidacoches) y que decir de ese horror navideño y monumento a la naquez de ponerle al coche unos cuernos de reno y nariz roja.

Los autos ocheteros no estuvieron libres de sus respectivos adefesios. Los letreritos de (cualquier cosa) a bordo fue una moda, pero por ahí de finales de la década comenzaron a aparecer estas cosas:

Se pusieron de moda (como casi todo) en Estados Unidos por ahí de 1988 y de ahí pasaron a nuestro “original” país; en ese entonces el gato creado por Jim Davis estaba cumpliendo 20 años de vida y ya era un fenómeno mediático con una infinidad de libros, posters y todo tipo de mercancía; desde artículos para oficina hasta ropa.

Fue por esos mismos años que salió al aire la caricatura de Garfield, un poco aprovechando el vuelo del personaje la verdad es que no era tan mala y captaba muy bien el carácter del gato cínico y gandalla.

La entrada del programa de televisión

A lo largo de nueve años se produjeron 12 películas para la televisión así como la serie que corrió entre 1988 y 1994, dos largometrajes y al parecer viene otra reencarnación televisiva del gato en una serie televisiva con imágenes generadas por computadora.

De regreso a las modas automotrices, por supuesto que los monos pegados con ventosas se transformaron en el elemento cotidiano. Al principio, como todo en México, eran los simples gatos pero pronto empezaron a aparecer variedades de todo tipo: gatos con ropa a la moda, anteojos oscuros y demás implementos ochenteros. Poco después los personajes comenzaron a variar y vimos desde el ratón Miguelito y Tribilín (¿se nota mi edad?) hasta los nefastos personajes del chavo del ocho. Por supuesto que todos esos productos alternativos fueron resultado de la creatividad de emprendedores mexicanos (hoy se les dice “piratas”) que adaptaron a las ventosas a cuanto personaje infantil se les puso a tiro.

Las modas de los coches siempre me han llamado la atención. Basta que un par de automovilistas le pongan algo “original”a su auto para que la ciudad se llene de imitadores. Nunca he entendido ese afán de querer pertenecer a “la bola”; lo que sí es que nunca dejarán de ser fuente de negocio para los que desarrollan productos para los vendedores ambulantes.

Aunque la moda de los monos de Garfield pasó al basurero de la historia (gracias a Dios) la franquicia del gato sigue vigente y es un negocio próspero.