La pluma tras El Nombre de la Rosa

Umberto Eco se trasformó en un personaje literario de la literatura a lo largo de los ochentas; su obra, El Nombre de la Rosa fue llevada a la pantalla (con mediocres resultados) y sus libros (aunque no todos podían acabar de leerlos) fueron traducidos a muchos idiomas.

-Van a tener que leer El Nombre de la Rosa-

Dijo un profesor de la universidad; era apenas el primer semestre y la mayoría estaba aún en ese estupor de recién salidos de la prepa. (Yo, como renegado de otra carrera ya sabía a que le tiraba). La mayoría protestó: era un libro muy “grueso” y difícil de leer, decían.

¿Que no somos universitarios?” pensé de manera despectiva reflexionando que si a los estudiantes de la carrera de Ciencias de la Comunicación les daba flojera leer, estaba cometiendo un error al estar suscrito a esa universidad.

La verdad es que me hicieron un favor.

Umberto Eco es un especialista en semiótica y en el Medievo que un buen día se decidió a escribir una novela basada en lo que más le gustaba. Le dedicó tanto tiempo y tanto conocimiento que le salió una obra que, hasta la fecha, muchos suponen que es “iniciática” (Una especie de novela en clave, algo así como las sandeces que maneja El Código DaVinci).

Umberto Eco

El resultado fue genial, una novela de misterio encuadrada en un monasterio medieval justo en el momento en que la iglesia Católica está sumida en una discusión sobre la pobreza y la riqueza de los “representantes” de Dios en la Tierra.

El libro también es un muy realista asomo a la vida monacal de ese entonces: por un lado el funcionamiento de la abadía como un emporio donde cada elemento tiene su función clara y establecida, mientras que por el otro nos aclara un poco su función como pequeña isla donde el conocimiento de occidente se pudo resguardar en una época de oscuridad e intolerancia.

Eco, en boca de Guillermo de Baskerville, hace un recuento y un análisis de la época que es soberbio, mientras que realiza la investigación dentro de una mítica biblioteca que nos recuerda a Borges, Arthur Conan Dyle y al Minotauro. Las discusiones con Adso, las disertaciones de Jorge de Burgos y la polaca de los representantes del Papa hacen de la obra una genial referencia a una época que, en muchos sentidos, nos pasa olvidada.

Por supuesto que se apresuraron a hacer una película al respecto y les salió tan, pero tan light (a pesar de la presencia de Sean Connery en el reparto), que es como si quisieramos resumir la década de los ochentas diciendo: “se pusieron su ropa fosforescente y se fueron a tumbar el muro de Berlín”.

El corto de la película

Por ejemplo, la idea del laberinto en la película es bastante chafa; mientras en el libro, éste es un personaje que maneja una lógica bastante, en la cinta tan solo se meten con velitas a una especie de casa de los sustos disneylandesca.

Y por supuesto que no pudieron evitar el happy-ending: mientras en el libro “La Rosa” (la muchacha que represento el primer y único encuentro sexual de Adso) es llevada para ser quemada en una ciudad (no recuerdo cual) para enseñanza de los villanos, en la película ésta escapa y se transforma en una especie de última tentación para el joven monje.

Fueron muchos los que buscaron claves secretas y asuntos extra liibris, al grado que Umberto Eco se agarró de eso para hacer una segunda novela en la que, esta vez, si metió todo lo esotérico, oculto y conspiranóico a su alcance: El Péndulo de Foucault.

(En esa misma universidad alguien me preguntó luego de que dije que ya había leído el libro: “¿Lo entendiste?” y pusieron cara de “no te creo” cuando dije que si)

Este segundo libro, publicado en 1989, es verdaderamente oscuro: hartas sociedades secretas, hartas conspiraciones al grado que uno acaba dudando que tan cierto, o falso, es el núcleo de la historia: Eco logra algo que muchos escritores quisieran, pone a dudar al lector sobre la sanidad mental y la sinceridad del narrador de la obra.

Si tienen tiempo, y paciencia para releer capítulos completos, y les gustan las novelas con claves esotéricas (no mafufadas como el infumable Código DaVinci) la recomendación es leer este libro.

Para leer a Umberto Eco hay que entender que el señor es especialista en el estudio de los símbolos (Semiótica) por lo que le gusta clavarse en la descripción de un altar o una fachada; cual es el símbolo, cual es el mensaje que quiso dar un cantero medieval a través de una serie de intrincados diseños; por la otra parte está muy metido en el Medievo por lo que le encanta describir la situación política de la época: quien era quien, el por qué y los cómos de reyes, príncipes, papas y otros gobernantes.

Tal vez no sea lo mejor para iniciar el hábito de la lectura, pero es bastante entretenido una vez que se le agarra el gusto.